Más allá

       Siempre había creído en el más allá y pasó su vida buscando la manera de comunicarse con los seres que allí moraban. Por eso le prometió a su esposa, como prueba de amor, que cuando abandonase este mundo volvería desde el otro lado para comunicarse con ella. Lo haría la medianoche del primer día de difuntos que él faltase. El punto de encuentro sería la alcoba que habían venido compartiendo desde hacía tantos años. Y lo cumplió. La noche señalada, a la hora exacta, el espejo del armario de su dormitorio se empañó súbitamente y una tenue luz dorada fue creciendo desde el fondo del cristal, trayendo su presencia impecablemente vestida con el mismo traje con el que fue enterrado. Una vez allí, serio y pálido, miró en todas direcciones con la lentitud ceremoniosa de los seres de ultratumba, constatando atónito la incomparecencia de su esposa. Porque ella no estaba. Ni para reencuentros ni para citas con el aburrimiento. A miles de kilómetros de aquel paisaje continental y umbrío, en el más allá mucho más cercano de los mares cálidos, una mujer, con su juventud postiza de quirófano, disfrutaba por fin de la vida y del capital heredado, dejándose querer, en un crucero de placeres, por un amante ocasional que nunca le prometería amor eterno.

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