Manolita Manila



Papá antes de irse a trabajar nos dejaba siempre la cena preparada y nos pedía que nos acostáramos temprano. Desde que murió mamá puso todo su empeño en multiplicarse por dos para que ninguna atención nos faltara. Era portero del cabaré en el que Manolita Manila se desgarraba el alma bailando cada noche. Esta artista única llegó a ser muy popular y era frecuente ver la ciudad empapelada de carteles con su nombre. De ella se decía que prefería bailar descalza, pero le ponía tanta pasión que hasta las copas se volcaban con el vibrar del suelo y la tarima quedaba manchada con la sangre de sus pies. Las mañanas de los domingos, que no teníamos colegio, papá nos llenaba la casa con las flores que el público arrojaba a la artista y sonreía entusiasmado contándonos cosas de ella. Pero todo cambió cuando el pobrecito se nos vino abajo por una enfermedad tan repentina como irreversible. Justo por las mismas fechas  Manolita desapareció de los escenarios sin que nadie supiera dar razón de su retirada, aunque rumores sin confirmar llegaron a situarla en la clausura de un convento. A nosotros sin embargo aquella coincidencia nos llenó de sospechas y empezamos a pensar que entre papá y Manolita había algo más que una relación asimétrica de admiración no correspondida. Por eso en cuanto nuestro padre murió, buscamos respuestas forzando la cerradura del baúl cuya llave siempre mantuvo celosamente escondida. Fue cuando encontramos aquellos vestidos llenos de color y vuelo, unas cuantas pelucas y un par de zapatos de tacón sin estrenar del número treinta y cinco. No vamos a negar que suspiramos aliviados. Papá siempre usó el cuarenta y dos. 



Publicado en "El Bic naranja: Viernes cretativos" a partir de la ilustración propuesta de Ina Hristova

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