Trapecista


Circo, Mostrar, Lienzo, Entretenimiento          Me hacía llamar Ricky Alado y era trapecista profesional. Disfrutaba desafiando a la gravedad en la parte más alta del circo, mientras un público asombrado contemplaba mis saltos mortales. Trabajar sin red daba mucha espectacularidad a mi ejercicio. Era el mejor.  Pero un buen día, por un incomprensible error de cálculo, me precipité sobre la pista. Me dio tanta vergüenza que en lugar de levantarme dolorido y fracasado, decidí hacerme el muerto. Al menos eso creí yo hasta el momento en que un individuo con cara de carnicero se me acercó, bisturí en mano, con la inequívoca intención de abrirme en canal sobre una mesa de autopsias. Fue entonces cuando entendí que había llevado aquella simulación demasiado lejos y quise incorporarme de un salto y asustar de camino a aquel sujeto macabro. Y salté y al saltar me descubrí ligero e inmaterial, mientras mi cuerpo permanecía allí tumbado y empezaba a ser diseccionado.
          Estaba muerto de verdad y a la vez seguía vivo. ¿Cuál era mi estado entonces? Debía de ser un espíritu, un fantasma, una energía que escapaba a cualquier instrumento de medición, capaz de traspasar paredes, techos y puertas cerradas, sin ser visto. Cuando gozaba de un cuerpo físico y de una vida material, tener la facultad de ser invisible era una de mis fantasías favoritas. Descubrir secretos e intimidades. Observar sin que nadie se percate de que estás ahí. Espiar. Pero como no me era posible comunicarme con los normalmente llamados vivos, ni tampoco con los que como yo seguramente vagarían como almas en pena pero sin capacidad de encontrarnos en el mismo plano, tener acceso a la vida oculta de la gente, esa que muestra la verdad de lo que cada uno es, tampoco me proporcionaba ningún aliciente. De qué vale conocer tantos chismes si no tienes con quien chismorrear.
          Además, por el hecho de carecer ya de sangre y por tanto de hormonas revolviendo pasiones y provocando necesidades, cualquier aplicación morbosa del hecho de ser invisible carecía ya del más mínimo interés. Quiero decir, que al no tener carne, no era posible el deseo ni el pecado carnal. Pero tampoco es posible el peligro de la pérdida o el menoscabo de la integridad física. Yo, que convertí en vocación el jugar al filo del abismo, he acabado engullido por él y ahora habito un infierno sin apetitos ni ansias y sobre todo, sin aquel riesgo que antes me hacía sentir un corazón que ya no tengo. Y lo peor es que ni siquiera puedo suicidarme, porque ya estoy muerto. Sólo me queda reflexionar y eso en mi estado es peor que no existir. Por eso me aburro. Me aburro mucho. Tanto como para atreverme a daros un consejo: haced lo posible por no moriros nunca, porque hay otra vida, pero es peor. Lo siento.


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