COMO ESTO ES UN BLOG, LO QUE VOY AÑADIENDO SE VA ORDENANDO CRONOLÓGICAMENTE. NO OBSTANTE, EN LA PARTE SUPERIOR LAS ENTRADAS ESTÁN AGRUPADAS POR ETIQUETAS SEGÚN SEAN MICRORRELATOS, RELATOS BREVES, RELATOS...SÓLO HAY QUE PINCHAR... 

  Otra cosa (y perdonad si os parece una obviedad), al llegar al final de la página, para seguir leyendo hay que pulsar "Older Posts"

    Se agradecen los comentarios.



Una niña buena

         Cuando nací me pusieron Soledad y con ello me condenaron a crecer siempre sola, sin embargo yo, que no quería estarlo, acabé haciéndome amiga de la niña que encontraba al asomarme al espejo. Podría parecer que nos parecemos mucho, incluso si los demás fueran capaces de verla, seguramente nos confundirían. Pero yo siempre he sido obediente y dócil y ella es mala como un dolor.  No se conforma con clavar alfileres a mis muñecas, tensar una cuerda para hacer rodar por la escalera a la severa institutriz o escribir en las paredes del dormitorio esas palabras feas que dicen los niños que miramos, con envidia, jugar en la calle, sino que ayer me confesó, haciéndome prometer que jamás se lo diría a nadie, que tenía pensado echar en esa horrible sopa de fideos que tanto les gusta a papá y a mamá, todo el veneno que ellos usan para matar a las hormigas. 


(Relato publicado en la página "El Bic Naranja.: Viernes Creativos" y escrito a partir de la foto propuesta).

Tren de regreso

   Había un tren fantasma que sólo los días más tristes del invierno transitaba la vieja vía por la que ya no pasaban los demás trenes y paraba en una antigua estación abandonada al olvido. Sólo los que soñaban historias lo esperaban y podían subir en él para convertirse en viajeros del tiempo. Quienes se sentaban mirando hacia delante avanzaban en el calendario, mientras que aquellos que se acomodaban de espaldas al sentido de la marcha, retrocedía a algún punto de su pasado. Así que decidió subirse a uno de su vagones para volver años atrás, cuando todavía estaban juntos. Reconoció su parada por ser aquella en la que sintió que recuperaba la alegría de vivir y al apearse en ella se fue directo a casa sin entretenerse con los amigos, los de entonces, en el bar. Lo primero que hizo al llegar, aprovechando que ella aún no estaba, fue recoger la muda usada el día anterior que, como siempre, se había dejado tirada en el suelo del baño, cerró la tapa del inodoro, le puso el tapón al gel y sin perder un minuto más, llamó al que fuera su mejor amigo para pedirle, resentido, que no se le ocurriera aparecer nunca más por allí.


(Relato publicado en la página "El Bic Naranja: Viernes Creativos" y escrito a partir de la foto propuesta)


Cuadro


Todo el grupo que posaba para el maestro se quedó como retratado ante la inesperada salida de tono del hasta entonces tranquilo mastín que inesperadamente, como poseído por el diablo, descompuso la escena y casi malogra al ilustre pintor mordiendo su mano. Las niñas se asustaron mucho e incluso la más pequeña se echó a llorar y corrió hacia sus padres que observaban sin perder la compostura a que obliga el rango. Las vecinas hilanderas, que aprovechaban el silencio de la noche para adelantar trabajo, no se atrevieron a mandar callar a tan egregia llorona.

Trance

      Alcanzo a ver, lejano, un trozo de cielo redondo y luminoso. Dicen que la muerte es algo así, un túnel al final del cual está la luz del más allá. Quizás aturdida por los golpes, aún no sé si estoy en ese trance o si aún agonizo en el fondo del pozo al que me arrojaste y en el que espero tus flores para volverte a perdonar.

Reflexión

          A veces me pregunto cómo sería yo si hubiera sido normal y me imagino a alguien que en nada se parece a mí, mucho más feliz y sin necesidad de hacer reflexiones inútiles, ni de escribir, aun sin tener talento, para sentirse importante. A veces también me imagino siendo normal y me da por pensar que igual hasta me echaba de menos.

Gris

Me dejó y todo se fue volviendo tristemente gris. No sólo la serie de televisión que veíamos amartelados en el sofá terminó mal y en blanco y negro. También el hueco que dejó en nuestra cama se convirtió en una sombra plomiza y resistente al tiempo y las coladas. Incluso sus ojos perdieron ese brillo castaño al mirarme desde el portarretratos de la mesilla para adquirir la fría dureza del cemento. Melancólico, intento recuperar la fe perdida cuando, cada mañana, atrapado entre cruces, vírgenes y santos, me sigo poniendo esa sotana de siempre que ahora me parece del color de la ceniza. 

Una pareja feliz

           Cuando nos fuimos a vivir juntos ella se trajo a su gata y yo a mi perro. Al principio temimos que la relación entre ellos fuera complicada y la verdad que en un primer momento les costó reconocerse, se miraban con recelo y se pasaban el día guardando sus distancias, pero poco a poco empezaron a aceptarse y a compartir el mismo espacio y los mismos juegos. Hoy se han vuelto inseparables y da gusto verlos quererse. Mientras, nosotros hemos ido pasando de la alegría de estrenar un paraíso montado con muebles de Ikea a construir un purgatorio cotidiano con demasiadas noches durmiendo espalda contra espalda. Finalmente hemos tenido que admitir que somos incompatibles, aunque, mirándolos a ellos, también incapaces de romper una pareja tan feliz.

Tras la ventana

Hubo un tiempo en que los domingos sabían a mar, a risa de niños y a juegos de playa. Trabajaba duro toda la semana para alcanzar la alegría festiva de estar juntos. Inseparables. Ahora, cuando los castillos se han ido desmoronando y la arena del tiempo me ha traído a esta habitación numerada, espero, tras la ventana que se asoma a la inacabable tarde de domingo, que ellos se acuerden de que aún existo.

Habitantes

     Desde nuestro escondite observamos con envidia a una familia feliz. Mientras ellos disfrutan las comodidades de la casa, nosotros hacemos nuestra vida de roedores, escondidos siempre. Luego, por la noche, aprovechando que duermen, salimos sigilosos a recorrer de nuevo las habitaciones y a aprovisionarnos en su despensa. Por desgracia, ya han empezado a notar nuestra presencia y hablan de venenos o trampas mortales en las que tendremos que evitar caer. No saben que nosotros, antes del desahucio, también fuimos personas y fue nuestra la casa que ahora ellos ocupan.

Baile de disfraces

  Del sobresalto se le cayó el pincel con el que daba los últimos retoques a su maquillaje de vampiresa y quedó asombrada por el disfraz de hombre lobo que su marido no había querido desvelar hasta ese último momento en que irrumpió por la ventana abierta a la luna llena de Halloween. Acto seguido, él comenzó a circundar licantrópicamente a su víctima en un cortejo hipnótico y cuando ella, seducida por el juego, mostraba su absoluta disposición a ser devorada por aquel personaje peludo y feroz, un elegante y rancio D. Juan Tenorio preguntó al otro lado de la puerta: “Cariño, ¿te queda mucho?”

El retrato del abuelo

           El abuelo un buen día se encargó un retrato y decidió quedarse a vivir en él. Desde entonces la abuela, por no estar sola, va con el cuadro por toda la casa. Lo mismo lo pone a la mesa a la hora de comer, que le lee las viejas novelas de Marcial Lafuente Estefanía que él guardaba o, ya por la noche, lo acomoda junto a ella en el sofá mientras ve televisión, para después llevárselo a dormir. Nunca se separa de él, salvo cuando, alguna que otra vez, recibe a aquel viejo novio. Sólo entonces, antes de perderse con su visitante pasillo adentro, deja al abuelo un ratito en el suelo del comedor, cuidadosamente apoyado de cara a la pared.

(Premio al mejor microrrelato en el III Concurso Literario de la Casa de Aragón en Madrid. Abril 2017)

Una casa

         Un día tuve una casa blanca y viva como la cal, con jardín y una piscina tan azul que era un trocito de cielo en medio del césped. Tenía alma de alcoba y ventanas que miraban a oriente y occidente. El primer sol de la mañana la inundaba de luz mientras nosotros desayunábamos con pan caliente y ojos tiernos. “Vayas donde vayas siempre tendrás un lugar al que volver”, me decías. Por eso, confiado, la fui llenando con mis presencias y allí me creí seguro y protegido frente a cualquier intemperie. Pero un día ocurrió lo que aun viéndose venir nunca se espera. El sueño se traicionó a sí mismo y todo cuanto había de mí en aquella casa, la misma que habíamos visto crecer foto a foto durante tantos domingos, murió de repente y encontré su cadáver en una bolsa negra de triste basura dejada en la puerta. Y expulsado del paraíso prestado con mi saco de despojos a cuestas, vi que el poquito de cielo que fue nuestra piscina se volvió tan gris como las lágrimas que yo, como siempre orgulloso, quise guardarme. Y antes de irme escribí un epitafio al que nadie pondrá flores. Sólo dos palabras: Hasta nunca.

Lo prohibido

         Habían tenido una noche agitada, si por agitada entendemos de entrega a la pasión de un primer encuentro que no por clandestino, o quizás por serlo, les había dejado ese olor sutil de las feromonas y el sabor lascivo del carmín con tabaco.
        Cuando ya el amanecer empezaba a pintar de luz los visillos del dormitorio, él no se comportó como esos amantes ocasionales que se levantan sigilosos, se visten sin quebrar el silencio y huyen dejando atrás una historia quizás para siempre concluida. Ramón, sin deshacer el abrazo, había entregado a Gladis su beso de buenos días. Después, tras una cálida ducha, se dejó agasajar por el desayuno que ella le ofrecía de café y tostadas.  Era la excusa perfecta para que Gladis estrenara esa bata roja de seda china y dragón bordado que Ramón le había regalado como único invitado a su cena con velas de la noche anterior. Con ella puesta, sólo con ella, se sentía radiante como una estrella de cabaret, porque también había procurado volver a maquillarse para disimular la expresión soñolienta que el haber dormido menos de lo habitual provocaba en su rostro. 
  Y así, en la mesa de la cocina, delante del café humeante y del pan recién tostado, encontraron una nueva alegría compartiendo, también por primera vez, una situación que imitaba a la normalidad de cualquier pareja. Fue, al encender el primer cigarrillo de la mañana, el momento en que cruzaron una mirada desnuda en la que se reconocieron auténticos, frente a frente, corazón a corazón y hablaron de lo que hubieran querido ser y ya nunca serían, de esa vida feliz que era precisamente aquella que no eligieron. Y cuando el café empezó a saberles amargo, lo endulzaron con otro beso y se rieron juntos de ellos mismos y de aquel momento efímero y absurdo de amantes imposibles que por nada del mundo estaban dispuestos a estropear.
Después, ya en el salón, el tiempo que habían tomado prestado de los sueños se agotaba, Gladis puso a sonar en el plato del tocadiscos un viejo LP de Olga Guillot y encendiendo otro cigarrillo que esta vez había acoplado a una larga boquilla, empezó a simular que cantaba, seductora, “Soy ese viiissio de tu piel que ya no puedes desprender, soy lo prohibido…” Fue, entre risas, su despedida de bolero sellada con un último beso. Antes de salir, Ramón tendría que volver a ser la Rosaura de todos los días y como tal, marcharse arrastrando su pequeña maleta hasta la parada de metro más próxima.  Ya en casa, besaría a su marido y, sin despertar aún a los niños, le contaría muy por encima y sin nada que destacar, los avatares de un viaje que no había hecho. Mientras, Gladis volvería a desmaquillarse, a despojarse de su bata roja y de sus pequeños abalorios de mujer para volver a esconderse en lo más profundo del Sr. Wilson, el estricto gerente de la empresa a cuya delegación central en España Rosaura procuraría llegar a tiempo para fichar a las nueve.



https://www.youtube.com/watch?v=Ue_OHCAgrS0

      

Reinicio

          Cuando los dioses fueron desmontados y recogidos con todos los demás adornos, los árboles de navidad empezaron a dar frutos. Entonces surgió un nuevo Adán y la historia comenzó de nuevo. 

Una relación secreta

     Cuando pusieron en su parada aquel anuncio con una modelo en lencería, no pudo evitar enamorarse de ella y descubrir, asombrado que, desde su fascinante inmovilidad, ella también reparaba en él. Así, día tras día, fueron iniciando una relación secreta y aprendieron a comunicarse mentalmente, llegando incluso a compartir confidencias e inconfesables fantasías. Anoche tuvo la ocurrencia de regalar a su mujer un conjunto idéntico al que ella exhibe y esta mañana la chica, ofendida y celosa, había desaparecido con su cartel. Ahora se siente un hombre abandonado.

        (Este microrrrelato obtuvo el 2º premio de la 2ª edición del certamen "Cien palabras en un metro"  Málaga, Diciembre 2016)

Paisaje

          Se levantó como de costumbre al amanecer, para empezar su rutina. Lo primero que hacía, después de ponerse las zapatillas y antes de salir a ordeñar las vacas, era abrir la ventana para que su casa empezara a inundarse de la naciente luz del día. Pero aquella mañana la ventana no tenía postigos ni al otro lado vio la huerta, ni los árboles frutales. Tampoco el corral, ni el pozo. Su paisaje cotidiano había sido tomado por altos edificios y un asfalto plagado de coches. Entonces, en sus manos arrugadas reconoció su presente. Resignada se acomodó una vez más en la mecedora y dejó escapar su mirada, como un pajarillo libre, por el pequeño trozo de cielo que aún podía ver desde su triste jaula de soledad y cemento. 

Trastorno paranoide

      Ya no podía confiar en nadie en esa casa. Pensaba que sus hijos le mentían para ocultar que su mujer le engañaba con el médico que quería hacerle creer que sufría un trastorno paranoide. Cuando escuchó el carrillón dar las tres, supo que era la hora de tomar su té de las cinco. Eran las cinco. 

Mirada

   Entre tantas ventanas hay una sola que le da sentido a mi vida. La de la mujer que se ha convertido en mi obsesión. Estoy convencido de que ella, consciente de que la observo, me ignora altiva y continua imperturbable su vida solitaria yendo y viniendo por el salón, comiendo sus habituales ensaladas o malgastando su tiempo delante del televisor. Lo que de verdad me inquieta es verla con tanta frecuencia sonreír coqueta mientras habla por teléfono con alguien que aún no sé quién es.  Entonces pienso que algún día también me sonreirá a mí y acabará por reconocer mi esfuerzo cuando descubra que el cristal que nos separa es el más limpio y reluciente de todo el edificio.

Dulce Diógenes

        Siguiendo la costumbre de cuando vivía su madre, cada mañana va a comprar un pastel recién hecho a donde siempre, a pesar de que no puede comer dulces. Luego, sin nada más que hacer en todo el día, regresa a sus cuarenta metros cuadrados de soledad e intenta acomodarse en el escaso espacio que le va quedando. Se ha vuelto complicado encontrar hueco para tanta ensaimada, tanta napolitana, tanta milhojas y tanto pretexto acumulado y envuelto en el papel del obrador en el que alguien, al menos, cada día pronuncia su nombre.

Nadie

          Cuando despertó, el dinosaurio inflable de su hijo ya no estaba allí, ni encontró las chanclas que había dejado junto a la cama. También le extrañó no ver en la terraza los bañadores y las toallas secándose al aire cálido de la tarde. Comprobó que todos sus trastos de veraneantes habían desaparecido y que los armarios y el frigorífico estaban vacíos. Todo indicaba que su familia se había marchado definitivamente del apartamento recogiéndolo todo y olvidándose de que él se quedaba allí echando su siesta de cada tarde. Sin más ropa que el pantaloncito corto que usaba para estar en casa, descalzo y tomando la precaución de no cerrar la puerta, salió a las zonas comunes del edificio. Ni un alma. Todo en un silencio sobrecogedor. Nadie tampoco en la calle. Ni un coche. Las persianas de las viviendas bajadas, los comercios, todos, cerrados y hasta las terrazas del paseo marítimo habían replegado los toldos y recogido sillas y mesas dando la impresión de negocio concluido. Aquel se había convertido en un pueblo deshabitado e incluso la playa no era más una franja de arena sin gente, sin hamacas ni sombrillas, bordeando un mar que, abandonado, mostraba el gris color de la nostalgia. Se preguntó qué había pasado y buscando una explicación, anduvo sin rumbo por calles vacías con los pies ya doloridos y cada vez más frío en el cuerpo. Al llegar al parque, observó que los tilos empezaban a tejer su amarilla alfombra de hojas y entonces lo entendió todo. El verano había muerto repentinamente mientras él dormía.

Absurdo

          A mi madre siempre que terminaba de preparar la comida le daba por pensar que podría estar contaminada y acababa tirándola para evitar que nos pusiéramos enfermos o incluso pudiéramos morir. Cuando mi padre y yo llegábamos hambrientos, no teníamos más remedio que irnos al cubo de la basura si queríamos almorzar, por lo que mi madre, para evitar esto, tomó por costumbre echarlo todo a algún contenedor de la calle, nunca el mismo, para despistarnos. Eso nos obligaba a mi padre y a mí a rebuscar entre todos los desperdicios de la zona hasta encontrar nuestro almuerzo y una vez dábamos cuenta de él, le subíamos a mi madre algo de lo recuperado para que tampoco se quedase sin comer. Ella se resistía, pero finalmente, liberada de toda responsabilidad, lo acababa aceptando a regañadientes. Y así nos acostumbramos a vivir con esta rutina y a comprender resignados que el mundo y todo lo que en él pasa no es más que un absurdo en equilibrio.

Pater demens

    Cuando se prendieron las cortinas de la cocina entendimos que la cosa había llegado demasiado lejos. Que a nuestro padre al quedarse en paro le diera por estudiar Historia no habiendo nunca antes mostrado la más mínima vocación por los libros, nos pareció como poco, sorprendente. Que manifestara una repentina pasión por el mundo clásico nos extrañó aún más. Pero que hoy se nos presentara antorcha en mano diciendo ser Nerón y dispuesto a quemar Roma empezando por las cortinas de casa, nos ha pillado a todos fuera de juego. Ahora buscamos desesperadamente un intérprete de su latín cabreado para ver si conseguimos hacerle entrar en razón.

      (Este microrrelato fue uno de los tres finalistas de la semana del 17/10/16 en "Relatos en Cadena" de la Cadena Ser)

We´ll always have Paris


    Nos gustaba el cine clásico y pasábamos las tardes de los domingos viendo películas en blanco y negro con voz original, subtituladas. Nosotros, sin embargo, vivíamos nuestra propia película en color e iluminada por la sencilla alegría de estar juntos. Hasta que un giro inesperado en el guion, un impacto súbito de metal y vidrio, hizo que todo se fundiera en negro. Ahora sé cuándo es domingo porque vienes a verme. Porque tomas mi mano inmóvil y me hablas, convencida, como todos, de que estoy ausente. Pero sigo aquí y te he oído contarme que aún me quieres. Que la vida sigue. Que te vas a vivir con él. Sé que has llorado. He notado humedad de lágrimas al posar tu acostumbrado beso en mi frente. Luego te has marchado dejándome en esta soledad de hospital que hoy se ha vuelto más oscura que nunca y he visto despegar tu avión entre la bruma nocturna mientras aún resonaba en mis oídos esa frase que nunca dije: “We´ll always have Paris”

Mamá

Sólo quería desaparecer. No estar y que no quedara memoria de ella. La noche anterior los había escuchado discutir. “Con mamá hay que hacer algo. Su pensión no da para una residencia y yo no puedo ayudar económicamente”. “Yo tampoco puedo hacerme cargo de ella. Mi vivienda es pequeña y sería imposible acogerla allí”… Discutieron tanto que al final no quedó más que ese silencio de casa deshabitada de vida en la que hacía ya mucho que dejaron de sonar risas infantiles o llamadas en la noche reclamando a mamá. ¿Quién la necesitaba ya? Por eso decidió marcharse y sin nada a cuestas, comenzó a perderse por la oscuridad del largo pasillo que partía del dormitorio y en cuyo final empezaba a vislumbrarse una luz de amanecer. Dejaba atrás su propia historia, sus recuerdos y todas sus cosas, incluso aquellas que había conseguido retener de un tiempo que se le escapó. Por no llevar, ni siquiera se llevó el cuerpo que quedó inerte sobre su cama, cada vez más fría. 

Mancha

       Esa inequívoca marca de familia que él creía haber perdido para siempre en las afiladas uñas de la mujer ante la que se declaró, años atrás, aun no preparado para ser padre, había reaparecido en la nunca de la puta a la que había pagado para que buceara entre sus piernas.  Y ahora la marca estaba en su conciencia.

Mucho en común

          Se reencontraron en el pasillo de su casa un día que no les funcionaba el wifi y se alegraron de verse.  Ya sentados en el sofá, con un brillo distinto en los ojos, se cogieron de la mano para contarse muchas cosas. Que llevaban casados entre sí dos años y que no tenían hijos. Que su matrimonio no iba nada bien porque se veían muy poco a pesar de vivir juntos. Que añoraban el tiempo de noviazgo, cuando todo entre ellos era tan diferente, casi perfecto. Descubrieron que seguían teniendo gustos parecidos y mucho en común. Por fin acabaron besándose a la luz de una luna llena que vino a instalarse, cómplice, más allá de la cristalera del salón. Tuvieron tan claro que en realidad se amaban, que aquella misma noche él le pidió el divorcio y ella, como no podía ser de otra manera, aceptó encantada.

Días de lluvia y lunes

Talking to myself and feeling old…Me levanté canturreando, sin saber por qué, “Días de lluvia y lunes”. Y aunque era miércoles y amanecía despejado, no puede evitar acordarme de la tarde en que supe que ya nunca más volvería a escucharte tararear esa vieja canción de Los Carpenters. Tampoco entonces fue lunes, sé que no llovía y recuerdo que estábamos en febrero. Nada de eso importó para que aquella se convirtiera, ya para siempre, en la tarde más triste, lluviosa y gris de todos los otoños.


 https://www.youtube.com/watch?v=zyjYwtqAmWE

No dar una

          Con la excusa de seguir trabajando en un asunto urgente, invitó a su secretaria a cenar en un asador, sin saber que ella no come carne. Luego quiso llevarla a un hotel desconociendo que a ella no le gustan los hombres. Hoy, a modo de disculpa, le ha regalado flores. Lleva la pobre toda la mañana estornudando. 

Seres hinchables

Un día descubrí con horror que mi vida ha estado habitada por seres hinchables. Por criaturas que un día conoces desinfladas y en las que empiezas a creer y a las que precisas regalar ese fluido invisible e inagotable al que podemos llamar amor. Y así van creciendo y se expanden, aumentan de tamaño y de volumen y tienden a ocuparlo todo…hasta que de pronto, estallan y desaparecen. Y entonces es inevitable acordarse de aquellos globos de la infancia que repentinamente huían al limbo de la ilusión perdida dejando como rastro unos jirones de plástico lánguido y muerto. 

Correr


Corría. No para llegar primero. Ni siquiera para llegar. Huía. De una infancia infeliz. De un padre severo. De una educación de disciplina y sacrificio. Corriendo sobresalió en las pistas del colegio y más tarde, en los campeonatos universitarios. Y corriendo llegó   a formar parte del equipo olímpico de su país, aspirante a una gloria que en realidad no deseaba. Hasta que algo ocurrió que le dio sentido a todo y por primera vez soñó una meta que tenía nombre de mujer. Que ella volviera a mirarlo, ya como a un triunfador, se convirtió en todo su anhelo, su verdadera medalla a conseguir, cien metros lisos más allá. Y dispuesto a vencer, colocado en su puesto de salida, sintió el disparo que, rompiendo el tenso silencio, pareció atravesarle el pecho en un destello luminoso y deslumbrante. Y cegado corrió. Corrió tanto, con tanto afán, con tal entrega, que no quiso percatarse que su cuerpo quedaba atrás, ante el asombro de millones de miradas, desplomado e inerte sobre el azulado tartán del estadio olímpico.

Olvido

          Tengo una vecina que se llama Olvido y tiene la pobre muy mala memoria. Unas veces se le olvida echar sal a las lentejas. Otras, ponerle suavizante a la colada. En más de una ocasión ha dejado sin planchar la manga izquierda de alguna camisa. Quiere mucho a su marido y siempre se le olvida que su marido hace mucho que dejo de quererla, aunque él no pierda ocasión para recordárselo.

Inadmisión

     Quiso formar parte del grupo de los mediocres, pero no fue seleccionado. Todavía está valorando tal inadmisión.

Nada

       Conmigo nunca te faltará nada, le prometió. Y fue verdad. Al cabo de un tiempo había acumulado tanta nada que descubrió que ya no necesitaba nada más. Y desapareció.

           

Nostalgia del mar

Él añoraba navegar y un sueño azul encontró en los ojos de ella. Le propuso surcar juntos océanos de futuro en un barco inventado que para ella nunca llegó a ser más que un modesto piso de cuarenta metros cuadrados sin ascensor. Quizás se creyó la promesa de un horizonte infinito, pero acabó atrapada en un gris paisaje de tejados y azoteas donde tendía sábanas que él tomaba por velas al viento. Sus realidades paralelas resultaron tan irreconciliables que ella decidió abandonar aquel viaje sin rumbo y él, perdida la rosa de los vientos que ella llevaba en el pelo, se convirtió en náufrago de las dos lágrimas que le dejó por despedida. Hoy, en esa isla desierta que es el mundo sin ella, hay un corazón solitario que late en medio de un océano que añora el azul que ella guardaba en los ojos. 

Vudú

       La vecina del ático cuelga de su tendedero en el ojo patio del bloque, muñecos ahorcados con agujas clavadas. La vecina del segundo le dice a la del cuarto que la del tercero asegura que representan amantes castigados por no haber dado la talla a esa mujer de hechuras llamativas y moral tan dudosa. Todas evitan comentar, sin embargo, los dolores punzantes que vienen padeciendo sus maridos desde poco después de que, la muy bruja, viniera a alterar con sus extraños manejos, la tranquilidad del edificio.


Ajuar

     Se mecen en la azotea, jugando con el viento, sábanas de blonda, finos manteles de hilo y delicadas toallas de algodón. Desde hace muchos años, Rosita tiene la costumbre de lavar regularmente las piezas de su ajuar, renovando así su blancura impoluta y su perfume floral. Luego las plancha y dobla cuidadosamente y acaricia con cariño las iniciales que un día bordó con ilusión de futuro. También, algunas madrugadas, cuando la azotea duerme bajo el silencio de las estrellas, sale a tender al relente aquella vieja carta, mojada una vez más de lágrimas, que un día lejano alguien llenó de promesas que nunca cumplió.  

Astronauta

               Desde lejos todas las cosas parecen muy pequeñas. Os sonará a frase hecha, pero si estuvierais suspendidos en ese fluido que llena el universo mirando la tierra lo entenderíais. Desde mi nave veo vuestro mundo, que también es el mío, como una mancha azul. Para vosotros hay océanos y ríos, montañas infinitas y desiertos inconmensurables, guerras y hambre, ambiciones y miedos y sin embargo no sois más que algo minúsculo en un universo infinito. Sé que vuestras miradas están puestas en mí. Un equipo de cientos de profesionales sigue desde el centro de control mi viaje y los medios de comunicación informan a millones de personas sobre mi rutina, el cumplimiento de los objetivos y el tiempo que resta para culminar mi gesta.  Luego seré recibido como un héroe. Me aclamaréis haciéndome grande y yo, después de haber sentido la pequeñez que da la lejanía, no sé si seré capaz de creerme la gloria o sencillamente, de creer en algo.

Esperanza


      Cuando noto la claridad del día en mis párpados cerrados, tomo las riendas de mi mente y comienzo mi rutina. Paseo por los gratos recuerdos y me escapo a paraísos inventados que me sirven de refugio. Allí releo poemas que conservo en la memoria y escribo otros nuevos, como hacía antes del accidente. Luego llega esa hora más dulce en la que ella, tomándome la mano, me cuenta cosas convencida, como nadie, de que puedo escucharla. Finalmente, recibo ese beso cargado de amor que deposita en mi frente antes de marcharse y me quedo a solas con la esperanza de despertar para volver a abrazarla, algún día. 

Costumbre

          Las mañanas de sol seguirán siendo para dar nuestro paseo. Para hablar, ya lo sabes, de lo poco que nos queda por hacer y de esa ingrata obligación de estar solos aunque sigamos acordándonos de ellas y añoremos a los hijos que se marcharon para darnos unos nietos a los que vemos tan poco. Ya ni siquiera debatiremos de política, ni discutiremos de fútbol. Nos hemos hecho viejos, mi buen amigo, sin perder nuestra costumbre de caminar por el parque y no vamos a dejar de hacerlo por más que hoy te empeñes en no querer despertarte.


Viejo roble


     Engendrar un hijo y plantar un árbol en aquel paisaje yermo fue su apuesta de futuro para esos tiempo difíciles de la posguerra. Al cabo de los años, ya desaparecidos, cuando el mundo mejor por el que habían luchado se hundió en la ciénaga de la ambición, un anciano mira al horizonte con ojos vacíos de esperanza bajo el árbol octogenario que lleva su nombre y que desde ese día va a ser conocido como el viejo roble del ahorcado. 

Biografía de un mediocre

          Sólo cuando terminó de escribir sus memorias pudo ponerle un título: “Biografía de un mediocre”. Acto seguido las arrojó al fuego y mientras ardían, deseó que la soledad, con la misma avidez, lo acabara de consumir a él. 

Estrellas

          Prometiste enseñarme el nombre de todas las estrellas y en un coche prestado me llevaste a descubrir ese cielo del verano que sólo puede verse fuera de la ciudad. Y allí nos sentimos tan cerca que llegamos a creernos dos astros de luz a los que pusimos nuestros nombres y empezamos a no ser el uno sin el otro.  Después se nos vino un futuro como no lo habíamos soñado. Mi embarazo. Tu trabajo en un taller donde no cabían los libros de astronomía, y mi encierro en una vida doméstica en la que fui enterrando mi vocación por la aventura. Nos acostumbramos tanto a no ser lo que quisimos, que un día nos preguntamos que quiénes éramos y donde había quedado la ilusión por estar juntos. Ahora, sola en el dormitorio en el que cuando llegues me creerás dormida, miro al techo. Sé que sobre él, en la azotea, observas la noche estrellada con tu viejo telescopio y a mí me gustaría convertirme en luz y viajar por ese espacio infinito que ahora nos separa para alcanzarte y juntos otra vez, contemplar con aquellos mismos ojos, ese firmamento que un día sirvió para unirnos.

Último deseo

          A pesar de haber sido siempre maltratada por ella, quiso que cumpliera su último deseo y que sus cenizas reposaran en el castillo del que fue ama y señora. Por eso, Blancanieves sonreía satisfecha arrojando al río la lata vacía de gasolina mientras oía a su madrastra gritar atrapada entre las llamas. 

M 30

Foto: Paco Gómez
            Érase una colonia de grandes bloques de viviendas, perfectamente alineados, levantada junto a un arroyo de escaso caudal y cauce ancho de río. Una mañana sus vecinos pudieron ver por las ventanas como el arroyo era tomado por un ejército de obreros y ruidosas excavadoras, que no cesaron hasta convertirlo en una enorme explanada que se extendía longitudinalmente de norte a sur hasta donde la vista alcanzaba. Comentaban que por allí iba a discurrir una carretera, pero los chavales de los pisos hicieron suyo aquel territorio recién surgido plantando en él un polvoriento campo de futbol. Un buen día, dicen que es algo que a veces puede ocurrir, de un balonazo rompieron accidentalmente el frágil cristal del tiempo y se abrió un agujero por el que se colaron todos sin poder evitarlo. Muchos años después, los coches que circulaban a gran velocidad por la M-30, atropellaron fatal y simultáneamente, a veintitantos cincuentones en pantalón corto, a la altura del Barrio de la Concepción. Sus cuerpos nunca fueron identificados, ni reclamados por nadie.  


Manolito

     - El que hace trampas siempre juega con ventaja -decía siempre mi amigo Manolito.

     Manolito y yo éramos muy distintos. Él se atrevía a todo. Copiaba en los exámenes, se colaba en el cine o hurtaba dulces aprovechando los descuidos del tendero. No había norma que él no burlara con tal de sacar provecho u obtener algún beneficio.

     - Eses chico va por muy mal camino -decía mi padre.


     Hoy Manolito triunfa en el mundo de las finanzas y yo soy un licenciado que se gana la vida sirviendo cafés en Alemania. 

Vaticinio

        “No hay que oponerse al destino”, dice la echadora a su cliente antes de pedirle que corte con la mano derecha. Luego despliega las cartas sobre la mesa formando un abanico multicolor y le cuenta todas esas cosas que, a fuerza de venir a la consulta, ya les suenan a los dos. Por fin llega ese momento especial en el que ella le mira tiernamente y asevera con rotundidad que los arcanos vuelven a mostrar una mujer cercana que le traerá felicidad y a la que tiene que descubrir. Muy cercana. Él inmediatamente piensa en esa chica del delantal que siempre la abre la puerta con una encantadora sonrisa. Quizás hoy, antes de irse, se atreva a preguntarle que cuando libra.

Sin horizonte


           Subido al barco que le aleja a su pesar del último sueño que le queda, teme que un golpe de mar le borre la tinta azul de aquella carta escrita desde muy lejos en la que un niño le habla de nostalgia y esperanza. Será probablemente el mismo embate que le arranque definitivamente el nombre y la memoria para convertirlo, simplemente, en un refugiado anónimo perdido para siempre en las entrañas de un mar sin horizonte.

Puede


      Puede que el embate de las olas les haga perder el equilibrio y sin querer se precipiten el uno sobre el otro para volver a tomar contacto cuerpo a cuerpo, en un abrazo involuntario que les hará retroceder al tiempo en el que tenerse lo ocupaba todo. Y así, encontrándose de nuevo, sentirán que se elevan mientras el barco en el que intentaron escapar del aburrimiento los lleva para siempre al fondo del mar.

Encuentro en Ópera

          Desde que Erik coincidió por primera vez con Irene en el mismo andén de la estación de Ópera, se fijó en ella. No tanto por el hecho distintivo de llevar un violín enfundado como por esos ojos profundamente oscuros que, en contraste con una cara pálida, ligeramente alargada y un pelo negrísimo y recogido, la hacían parecer una chica tan especial.   Cuando la volvió a ver a los dos días, empezó a sospechar que en sus viajes no sólo había puntualidad sino también una cierta cadencia. Así constató que Irene llegaba al andén todos los martes y los jueves, entre las 6.35 y las 6.40. Si algún día se retrasaba, rara vez ocurría, Erick la esperaba dejando escapar los trenes necesarios hasta verla aparecer. Siempre procuraba situarse cerca de ella y entrar por la misma puerta al vagón. Así podía ir observándola a una prudente proximidad sin que ella se percatase. Y así, su viaje se convertía en la contemplación de aquella chica con manos delicadas y delgadez ceñida por un abrigo entallado y alzada por negros zapatos de tacón.

        Irene se dio cuenta de que Erik la seguía discretamente, sin acoso, más bien se diría que con respetuosa y distante admiración. Gracias a eso se fijó en él y empezó a gustarle su sencillez cuando, a su vez, ella lo escudriñaba casi de reojo o con miradas que procuraba parecieran casuales. Le provocaban una extraña atracción el chico de la mochila con sus zapatillas maltratadas, sus raídos vaqueros y su cazadora impermeable bajo la que siempre asoman camisas de cuadros.  Pero sobre todo encontraba en sus ojos, con los que a veces cruzaba los suyos, una puerta de entrada a un universo de autenticidad en el que a ella le gustaría internarse, tan lejos de esos ambientes refinados en los que se solía mover y en los que tantas veces se sentía atrapada. No dudaba que para el chico bajito, de tez morena y pelo recio que la custodia en ese corto y concreto trayecto, ella no era más que una chica bien, quizás guapa y seguramente engreída.

            Irene se había ido acostumbrando a la pequeña emoción de ese encuentro pasajero y procuraba llegar puntualmente al mismo. A veces, su profesora la entretenía unos minutos, pero Irene siempre argüía una excusa para marcharse lo antes posible, porque sabía que aquel chico sin haber quedado con ella, la esperaba. Tanto era así que los martes y los jueves esa curiosa confluencia se había convertido en el principal aliciente del día. Y no es que no adorase sus clases de violín o la música no fuese el gran motor de su vida. Era que en su mundo de la armonía y la búsqueda de la perfección había irrumpido, como un impacto grosero, desubicándola de todos sus referentes, aquel chico sencillo carente de toda sofisticación para atrapar una parte de sí misma que ella misma desconocía.

            Erik bromeaba consigo mismo teniéndose por “engrupado” de la chica del violín, aunque sabía que no era del tipo de muchachas con las que él trataba. Desde que llegó de Guayaquil, hacía algo más de un año, había conocido a algunas, latinas casi siempre, en la discoteca donde solía ir con su primo y algún amigo los sábados a consumir la noche y unas cuantas “bielas”. Se lo solían dar bien los “vaciles”. Era ocurrente y sabía hacerlas reír. La risa, decía siempre, es la mejor manera de vencer cualquier resistencia si es que en realidad la había, porque la resistencia de las chicas de la noche solía ser una pose para no parecer una de esas que están deseando pillar.

                Erik había dejado en Ecuador muchas cosas. Su familia, sus amigos de siempre y una novia que no se atrevió a acompañarlo y con la que acordó, por el bien de ambos, romper el compromiso. Aquí no era otra cosa que un inmigrante más. Un “panchito” que trabajaba en la obra cada día y que compartía vivienda y gastos con dos primos y la mujer de uno de ellos, que le habían precedido en la aventura de emigrar. No ganaba mucho y debía arreglárselas para sobrevivir y mandar algún dinero a su madre. Por eso salía poco y la poca vida social que hacía era también con ecuatorianos. Los sábados, discoteca y con un poco de suerte, alguna conquista para pasar el último trozo de la noche y quizás la mañana del domingo.

               Irene se apeaba en Goya y Erik continuaba hasta La Elipa despidiéndose secretamente de ella mientras la veía alejarse en dirección contraria al tren. Siempre era así. Pero una tarde Irene no se bajó en su parada habitual y permaneció en el tren, sorprendiendo a Erik con una mirada a bocajaro que a éste le fue muy difícil sostener, aunque, ante la persistencia, acabó devolviéndo y quizás arrancando de Irene, a cambio, una levísima sonrisa cómplice. Fue entonces cuando el Erik “lambón” tan lleno de recursos para entrarle a las chicas de su alcance se quedó en blanco. ¿Qué pretexto usar para acercarse? ¿Qué excusa buscar para entablar una conversación con una chica como aquella? ¿En qué lugar común podrían descubrir un punto de encuentro? Sintió un vértigo extraño y un bloqueo paralizante que le hacía sentirse atrapado dentro de su propia inmovilidad. Le costó dos paradas asumir su impotencia y ya en Ventas, decidió apearse y hacer el resto del camino andando y cabizbajo, comprendiendo, eso sí, que hay sueños que es mejor no mover de su sitio porque acaban cayéndose y haciéndose añicos contra la realidad. 

   

Cuenta conmigo

            Cada mañana le despertaba dándole los buenos días y deseándole una feliz jornada. Era la voz de la mujer de la radio. Desde que, buscando en el dial, la escuchó por primera vez, se convirtió en su fiel oyente mientras ejecutaba las rutinas diarias antes de emprender el camino hacia el trabajo. Nada más descubrir aquella sintonía y escuchar esa vieja canción de Astor Piazzolla “Cuenta Conmigo", su canción, empezó a sospechar que él no era un oyente más. Prestando más atención llegó a percatarse de los mensajes secretos que, por algún motivo todavía ignorado, le dirigía la locutora. Y día tras día fue descubriendo que toda su charla no tenía otro destinatario que él mismo. Que ella, entre canción y canción, para él sin duda escogidas, le hablaba con cercanía y confianza, ignorando que a esas horas habría cientos, quizás miles de oyentes también atentos a la radio.  Halagado, no podía por menos que agradecer el esfuerzo que su amable amiga se tomaba sólo por agradarle y se hacía cargo, al fin y al cabo, de que sólo era una más de las muchas a las que había enamorado dispuesta, esta vez a través de las invisibles ondas de la radio, a atrapar su solitario corazón, si él se dejara.


https://www.youtube.com/watch?v=ZQELGZshdlo&nohtml5=False

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Habitación en Nueva York


Resultado de imagen de habitacion en nueva york hopper          Hay un silencio del que no hablan. Él esconde su mirada en un periódico que quizás no lee mientras ella parece querer escapar jugueteando con las teclas de un piano que nunca ha sabido tocar.
          Saben que están ahí, pero intentan ignorarse o tratan de ignorar ese momento tenso de estar juntos sin tener nada que decirse.
          Por la ventana abierta llega el sonido del tráfico y de la gente que transita la noche recién caída sobre Nueva York, sin que ese vibrar de la calle sea capaz de enmascarar la soledad que habita entre ellos, incapaces siquiera de decirse que ya no tiene sentido compartir un mismo espacio.

          Detrás, la puerta cerrada parece una esperanza, la posibilidad de que algo ocurra. De que un extraño momento mágico haga retroceder el tiempo y de nuevo vuelva a abrirse para que entren ellos como fueron antes, radiantes y felices, dispuestos a entregarse jubilosos un futuro en común. 

Incertidumbre

            Deja la ambigüedad flotando en el aire, una cama revuelta y una mujer llena de incertidumbre. Es la forma que él tiene de vivir sin ataduras. Esta vez ella no le hará preguntas, ni intentará arrancarle un compromiso o una definición de lo que hay entre ellos.  Simplemente y como de costumbre, le ofrecerá un café sin azúcar que hoy tendrá un ligero punto más amargo y le despedirá conquistando al menos la certeza de no volver a verle. 

Como cae una lágrima

            Necesitará unas cuantas frases para escribir su carta de despedida y apenas unos pasos para alcanzar la ventana, que abierta, la incitará a escapar de tantos años de desamor y maltrato. Subida ya al alféizar, mirando hacia abajo, dará un salto decidido y se dejará caer como cae una lágrima.  Al segundo siguiente estará de pie, sobre el césped del jardín que rodea su espléndida casa y allí, como otras veces, se tenderá imaginando que está muerta y que su alma, libre al fin, asciende por un túnel hacia una luz acogedora y un amor infinito. 

Un futuro mejor

       Se llevará en su equipaje unas cuantas palabras acabadas de aprender y dejará otras muchas que daban sentido a su vida: “Familia”, “novia”, “amigos”, “ilusión”, “esperanza” …  Al cerrar la maleta, antes de abandonar la que siempre había sido su habitación, en la estantería donde quedan olvidados los libros de la facultad, la fotografía del abuelo le sonreirá amargamente sobre el fondo de aquella Alemania en blanco y negro a la que entregó tantos años de trabajo para regalar a sus hijos un futuro mejor. 

Cartas

Cada vez que le hablaba del último sobre rechazado la empleada de correos se preguntaba quién sería la misteriosa mujer a la que iban dirigidas esas cartas que regularmente aquel hombre, elegante y cortés, venía a retirar por rehusadas a la estafeta, mientras entregaba, a su vez, con una incomprensible insistencia, una nueva dirigida a la misma dirección. Él sonreía e intercambiaba con ella unas cuantas frases amables, preguntándose si alguna vez la chica del mostrador descubriría quien se había convertido, desde hacía tiempo ya, en la verdadera destinataria de aquellas cartas de amor.

        (Este microrrelato fue uno de los tres finalistas de la semana del  22/2/16 en "Relatos en Cadena" de la Cadena SER)   
http://play.cadenaser.com/audio/001RD010000004030542/?ssm=fb 

Desconexión

      Lo intentaron todo: Al principio  amenazas y castigos. Después, aconsejados por el Psicólogo, cariño y comprensión empática... Finalmente lo fueron asumiendo como una rutina más en sus vidas y cada día depositan ante su puerta, siempre cerrada, la bandeja con el desayuno, el almuerzo o la cena, aunque no dejarán de lamentar el maldito día en que se les ocurrió instalar en el cuarto de su hijo aquel flamante ordenador con conexión a internet.

Hipnosis

            Le regaló un método de hipnosis y se ofreció para que practicase con ella. Así, él ha descubierto una insospechada capacidad para influir en su voluntad y conseguir de ella lo que jamás hubiera podido esperar de una señora de su condición. Al terminar la sesión, antes de sacarla del trance, sin poder evitar sentirse mezquino, le ordena que se vista y que nada recuerde. Pero ella, si bien se siente exculpada de todo pecado, no está dispuesta a olvidar en su fuero interno que es un tipo despreciable capaz de aprovecharse de tal manera de una indefensa mujer decente.
                 El jueves han quedado para seguir practicando.