Lo prohibido

         Habían tenido una noche agitada, si por agitada entendemos de entrega a la pasión de un primer encuentro que no por clandestino, o quizás por serlo, les había dejado ese olor sutil de las feromonas y el sabor lascivo del carmín con tabaco.
        Cuando ya el amanecer empezaba a pintar de luz los visillos del dormitorio, él no se comportó como esos amantes ocasionales que se levantan sigilosos, se visten sin quebrar el silencio y huyen dejando atrás una historia quizás para siempre concluida. Ramón, sin deshacer el abrazo, había entregado a Gladis su beso de buenos días. Después, tras una cálida ducha, se dejó agasajar por el desayuno que ella le ofrecía de café y tostadas.  Era la excusa perfecta para que Gladis estrenara esa bata roja de seda china y dragón bordado que Ramón le había regalado como único invitado a su cena con velas de la noche anterior. Con ella puesta, sólo con ella, se sentía radiante como una estrella de cabaret, porque también había procurado volver a maquillarse para disimular la expresión soñolienta que el haber dormido menos de lo habitual provocaba en su rostro. 
  Y así, en la mesa de la cocina, delante del café humeante y del pan recién tostado, encontraron una nueva alegría compartiendo, también por primera vez, una situación que imitaba a la normalidad de cualquier pareja. Fue, al encender el primer cigarrillo de la mañana, el momento en que cruzaron una mirada desnuda en la que se reconocieron auténticos, frente a frente, corazón a corazón y hablaron de lo que hubieran querido ser y ya nunca serían, de esa vida feliz que era precisamente aquella que no eligieron. Y cuando el café empezó a saberles amargo, lo endulzaron con otro beso y se rieron juntos de ellos mismos y de aquel momento efímero y absurdo de amantes imposibles que por nada del mundo estaban dispuestos a estropear.
Después, ya en el salón, el tiempo que habían tomado prestado de los sueños se agotaba, Gladis puso a sonar en el plato del tocadiscos un viejo LP de Olga Guillot y encendiendo otro cigarrillo que esta vez había acoplado a una larga boquilla, empezó a simular que cantaba, seductora, “Soy ese viiissio de tu piel que ya no puedes desprender, soy lo prohibido…” Fue, entre risas, su despedida de bolero sellada con un último beso. Antes de salir, Ramón tendría que volver a ser la Rosaura de todos los días y como tal, marcharse arrastrando su pequeña maleta hasta la parada de metro más próxima.  Ya en casa, besaría a su marido y, sin despertar aún a los niños, le contaría muy por encima y sin nada que destacar, los avatares de un viaje que no había hecho. Mientras, Gladis volvería a desmaquillarse, a despojarse de su bata roja y de sus pequeños abalorios de mujer para volver a esconderse en lo más profundo del Sr. Wilson, el estricto gerente de la empresa a cuya delegación central en España Rosaura procuraría llegar a tiempo para fichar a las nueve.



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