COMO ESTO ES UN BLOG, LO QUE VOY AÑADIENDO SE VA ORDENANDO CRONOLÓGICAMENTE. NO OBSTANTE, EN LA PARTE SUPERIOR LAS ENTRADAS ESTÁN AGRUPADAS POR ETIQUETAS SEGÚN SEAN MICRORRELATOS, RELATOS BREVES, RELATOS...SÓLO HAY QUE PINCHAR... 

  Otra cosa (y perdonad si os parece una obviedad), al llegar al final de la página, para seguir leyendo hay que pulsar "Older Posts"


    Se agradecen los comentarios.



El hombre perfecto

 

Se puso de moda hacerse con un hombre perfecto. Como se servían debidamente tuneados según las preferencias de cada clienta, la buena de Matilde encargó el suyo. Fue muy exhaustiva a la hora de enumerar todas las virtudes debía reunir su androide. Además tuvo el capricho y así lo hizo constar en el apartado “peticiones especiales”, de que llevase su nombre, el de ella, tatuado en el hombro izquierdo con una rosa encarnada sustituyendo al punto de la i.

Al principio se sintió la mujer más feliz del mundo con su nueva adquisición y disfrutó entusiasmada de una luna de miel repleta de pasión y atenciones junto a su chulazo a medida, pero programado para complacerla en todo sin disentir en nada, pasado no mucho tiempo le resultó tan previsible como empalagoso y optó por desconectarlo y arrumbarlo en el trastero. Fue entonces cuando sintió la necesidad de volver a los garitos de la noche en busca de algún hombre imperfecto de esos de los que tanto había renegado, sin saber que, debido a la gran demanda producida en las últimas semanas, ya no quedaba ninguno disponible.


Relato publicado en estanochetecuento.com 
Imagen Pixabay

Últimas voluntades

El impacto de un meteorito en las afueras del pueblo ha provocado un insólito efecto. Algunos muertos recientes, abandonando sus tumbas, han empezado a escaparse del cementerio. Iluminados por la omnisciencia que da el haber visto las cosas desde el más allá, vuelven dispuestos a enmendar asuntos que se han torcido o concluir cuestiones que quedaron pendientes. Y todos tienen tarea. La señora Gertrudis quiere impedir que se malvenda la casa que fue suya y legó a la sobrina que prometió conservarla. Don Argimiro se ve obligado a poner orden en las disputas que sus hijos, tan amados y tan piadosos, mantienen a causa de la herencia. Y Carmela, la mujer del boticario, va en busca de su marido con aires de zombi cabreada dispuesta a tirarle a la cara las flores que en vida nunca recibió de él y ahora, sin embargo, no faltan en su sepultura.

Relato publicado en estanochetecuento.com
Foto Pixabay

Velada

    Al acabar la agradable cena en casa de nuestros anfitriones, dedicamos la velada a hablar del más allá y de espíritus que regresan con afán de venganza. A la hora de despedirnos, ya de madrugada, ofrecimos al doctor, que había dado noche libre a su cochero, conducirle en nuestra berlina hasta su casa, pero declinó la invitación. Prefería caminar y su palacete quedaba a tiro de piedra atajando cementerio a través.

    Nunca llegó. Fue encontrado muerto, entre tumbas, a la mañana siguiente. Tenía el rostro desencajado y la capa enganchada tras de sí en la reja del panteón en el que su esposa, muerta en extrañas circunstancias, por fin podría descansar en paz.


Foto Pixabay

Contagio

   

    Cuando lo conocí llenó mi vida de flores y por eso creí que junto a él siempre sería primavera.  Decidimos casarnos y hacer de nuestra casa un jardín de pasión y rosas amueblado con muebles de Ikea. Pero como no se puede ser feliz por costumbre, con el paso del tiempo fuimos olvidando los cuidados cotidianos, los detalles, las sonrisas y cuando quisimos darnos cuenta, todo se había marchitado. El espacio de nuestra convivencia era ya un lugar árido y triste. Sólo me quedaba el trabajo como único consuelo y en él me refugié para huir del silencio que se instaló entre nosotros.

Puede parecer paradójico, pero el contacto con la enfermedad e incluso con la muerte se convirtió en mi vía de escape y aliviar el dolor ajeno me ayudaba a no ahogarme en el que me provocaba el deterioro de nuestro matrimonio.  En mi descolorida autoestima, el verde de mi uniforme de enfermera era lo que aportaba color a mis días. Fuera del hospital me consumía en mi papel de mujer cansada, coprotagonista de una historia con dos personajes que ya ni se tomaban la molestia de reconocerse aunque siguieran viviendo juntos por pura inercia.  

Un día, un paciente a mi cargo entró en parada y hubo que aplicarle las oportunas maniobras de reanimación cardiopulmonar. Fue una intensa lucha contra reloj y cuando ya casi lo dábamos por perdido, conseguimos que su corazón volviera a latir. Al terminar el turno, agotada y a la vez satisfecha, en lugar de irme para casa me dirigí a un centro comercial.

    Pasados un par de días, mi teléfono empezó a recibir wasaps de un tal Gerardo, un macizorro con cara de malote y barba de tres días que quería darme las gracias por lo bien que atendimos a su padre. Mostraba una clara intención de tontear conmigo y yo, sin cortarme un pelo, entré en complicidad con él.  Pronto nuestras conversaciones adquirieron un tono deshinibidamente sexual que mi marido, fiel a su vicio de espiarme el móvil hasta el punto de interesarse más en él que en mí misma, no tardó en descubrir. A partir de ahí tuvo un curioso cambio de actitud. Volví a ser de nuevo objeto de su atención, aunque no de la forma que yo hubiera querido, sino como destinataria permanente de sus reproches. No eran reproches que hicieran alusión a mi escarceo extramatrimonial que él no podía admitir que conocía, sino más bien relacionados con cualquier aspecto de la actividad cotidiana: “cada día haces más ruido a la hora de levantarte”,  “siempre te dejas la luz del baño encendida”, “no sé por qué te empeñas en seguir teniendo la casa llena de jarrones vacíos”… 

Y así estuvimos un tiempo, no mucho, hasta que su ceño dejó de estar permanentemente fruncido gracias, al parecer, a los wasaps de alto contenido sexual que empezó a recibir de una tal Amanda y que él respondía sin desmerecer el tono. Eso pude constatar gracias a las regulares exploraciones que yo, lo admito, hacía a su teléfono cada vez que se metía en la ducha. No me gustó nada aquel hallazgo ni aquella morena con curvas de silicona, más joven que él y con una talla de sujetador como la que siempre me dijo que le hubiera gustado que yo tuviera. 

    Por suerte, Gerardo vino en seguida en mi auxilio y se las ingenió, inventando una historia que cualquier persona inteligente hubiera cuestionado, para colarse en el WhatsApp de Amanda y pedirle una amistad que ella, a la vista de aquel chulazo con aspecto de no haber leído ni las letras de sus tatuajes, hubiera sido ilógico que rechazara. Sin duda estaban hechos el uno para el otro.

Ahora Gerardo y Amanda mantienen una tórrida relación por WhatsApp y aunque no deja de ser más que sospechoso que ninguno de los dos proponga conocerse en persona ni videollamarse, siguen tan enganchados con su cibersexo escrito que hemos dejado de interesarles. Mientras, nosotros, como si lo suyo fuera contagioso, hemos desempolvado, entiéndase la expresión,  nuestra vida sexual con tal grado de complicidad, que nada tenemos que envidiarles.


Presentado al V Premio Internacional Café Español 2022

Foto Pixabay


Jugada

 

    El abuelo hacía vida tabernera jugándose los cuartos en timbas clandestinas de cartas. Y en ese ir y venir,  vaciar frascas y apurar partidas,  una infortunada noche perdió capital y hacienda y cuando ya no le quedaba nada, en lugar de retirarse como gallo desplumado, tuvo la osadía de apostarse a la abuela para perderla también. Ciertas cosas, en aquellos tiempos, funcionaban así y a ella le tocaba acatar el resultado de un envite de borrachos. La abuela, sin embargo, se plantó y como lo tratado había sido sin su aquiescencia, retó al estanquero al que debía entregarse a una revancha que, apelando a su más que dudoso sentido de la caballerosidad, no podría negarle. Y como en esto de los naipes el talento puede más que el azar, la abuela se hizo dueña de la mesa y mano tras mano fue recuperando el patrimonio perdido al tiempo que salvaba la dignidad que pretendían arrebatarle. Pero la jugada final se la hizo al abuelo, que tuvo que alistarse como voluntario, muy en contra de su voluntad, para la guerra de Marruecos, advertido de que si allí no caía como un héroe, ni se le ocurriera volver.


Publicado en estanochetecuento.com
Imagen: "Los jugadores de Cartas" de Paul Cézanne (segunda versión)
Metropolitan Museum of Art de Nueva York

Desencuentro

Bajamos del avión dispuestos a bebernos la isla. Semejante destino nos ofrecía alcohol barato y puro desmadre. No teníamos más plan que quemar unos días de libertad low cost. Ella no estaba prevista. La conocimos la primera noche. Abandonó a sus amigas para convertirse en musa de nuestras borracheras. Nunca he visto ojos más azules ni tetas más hipnóticas. Aventajándonos en edad, aseguraba que le parecíamos chavales divertidos. Debía ser verdad en lo que respecta a mis amigos. Con ellos no paraba de reír mientras encantada, se dejaba querer. Yo, en cambio, volví a ejercer de insignificante. Ni siquiera logré que se aprendiera mi nombre. Cuando la tercera noche acabamos los cinco en nuestro apartamento, con osadía etílica aposté que lo haría. En un salto que pretendí impecable, me lancé desde el balcón sólo para ser su ángel, pero al dejar atrás la barandilla, me faltaron alas para rectificar la trayectoria. Varios pisos más abajo, la piscina iluminada, tan azul como sus ojos, se movió lo suficiente como para que no nos encontráramos.

Escrito para estanochetecuento.com

Imagen: Freepik

Es dura la intemperie


Con su gato Fortuna, que fue lo único que le quedó tras declararse en bancarrota, se plantó a pedir limosna en una esquina. Es dura la intemperie y la gente sensible, conmovida ante esa imagen de mendigo con gatito, no dudaba en soltarles alguna moneda. Fueron determinados activistas los que denunciaron la penosa situación y promovieron que un sector social se movilizara. Así lograron que los pertinentes servicios municipales intervinieran por fin. Al felino, tras una minuciosa revisión veterinaria, se le acogió en un albergue para animales desamparados en el que no le faltaría de nada y al que fuera su dueño, en aplicación de la ordenanza municipal, se le impuso la correspondiente sanción por maltrato animal. Y allí sigue, pasando frío en su esquina e intentando sacar, además, para saldar la multa.


Relato seleccionado como finalista en el VIII Certamen de Microrrelatos "Javier Tomeo" de temática social. 

Imagen: Pixabay

Expedición

En busca del Yeti emprendimos esta expedición científica al Himalaya, dirigida por mi esposa, la eminente antropóloga Charlotte McFlurry, muy interesada desde hace años en verificar su existencia. 
      Tras varias semanas de rastreo, ayer descubrimos huellas de unos enormes pies en la nieve, lo que confirma que no andamos muy lejos.

Ha ocurrido esta mañana. Al despertarme, Charlotte no estaba en la tienda. Alarmados, hemos seguido sus pisadas hasta llegar a la probable guarida del abominable bípedo. Al oírla gritar, sólo yo he sabido que no era de terror y avergonzado, he pedido a mis compañeros que regresáramos al campamento.


Escrito para la Copa 2022 de estanochetecuento.com

Foto: PublicDomainPictures.net

 

Cómplices

Al cura del pueblo yo le llamo padre con más razón que nadie. Mamá me lo contó todo antes de morir. Hoy, apelando a nuestro parentesco, me ha pedido algo que no he podido negarle. El hombre, harto de rogar en los reclinatorios y suplicar en los despachos oficiales, ha decidido pasar a la acción y que yo ponga el coche y sea su cómplice. Ha metido en la mochila una máscara de Darth Vader y un falso revolver y me ha contado su plan camino de la capital. El tejado de la iglesia, me ha dicho, ya no puede esperar más.


Escrito para la Copa 2022 de estanochetecuento.com

Foto: Pixabay

Monigotes

El hombre de la chistera recorría las ferias con su espectáculo de marionetas. Era un tipo extraño, de mirada triste y manos pequeñas y amarillas. Nadie conocía su pasado ni se supo dónde aprendió el arte de embelesar a la chiquillería. Dicen que sus monigotes, más allá de los hilos con los que aparentaba manejarlos, tenían vida propia. Hay quien asegura que en el silencio de la noche se les oía llorar encerrados en su baúl. Sólo los niños a los que consiguió engatusar para que subieran al carromato, podrían dar testimonio de semejante prodigio, pero ninguno, por desgracia, sobrevivió para contarlo.


Publicado en la copa 2022 de estanochetecuento.com

Baile de rey y corte

El rey ha convocado baile de máscaras en la Galería de los Espejos para festejar la reciente boda de su hijo el delfín. Ha sido la excusa perfecta para recibir por vez primera en Versalles a la ya famosa Madame Pompadour. Ella, que aparece disfrazada de diosa Diana, no tarda en ser abordada por un Luis XV disfrazado de tejo topiario. Hay algo romántico en el torpe galanteo de un monarca escondido tras la apariencia de árbol, pero el momento queda roto cuando su móvil suena dentro del tronco. El público del teatro queda atónito y el director no sabe dónde esconderse.

Escrito para la Copa 2022 de estanochetecuento.com
Foto Pixabay

Reality

    El nuevo reality partía con todos los ingredientes para conseguir el favor del público: trece concursantes desconocidos entre sí debían permanecer en una isla desierta durante un mes. Ganarían mucho dinero si entre todos lograban dos únicos objetivos: sobrevivir por sus propios medios y dibujar un mapa de aquel territorio en el que habían sido confinados. Ellos mismos se grabarían con una sofisticada cámara dotada de baterías de larga duración y enviarían las imágenes vía satélite. El casting había sido exhaustivo para asegurar el éxito del concurso. Personas narcisistas, conflictivas y por supuesto, dadas a llorar en público por el motivo más nimio. 

    Al principio todo fue bien. Hubo disputas, gritos, insultos, llanto y rabia. La audiencia encantada disparó el share. Pero algo imprevisto ocurrió. Los participantes encontraron unas hojas aromáticas que debidamente infusionadas proporcionaban un enorme sosiego espiritual. El grupo se convirtió así en una comunidad de cooperación y hermandad. Esa falta de tensión provocó, sin embargo, que la multitud de seguidores fuera abandonando el programa y finalmente la cadena optó por suprimirlo. Los elegidos quedaron allí, en su isla sin mapa, olvidados para siempre pero felices como nunca disfrutando del paraíso encontrado.


Relato finalista en la VIII edición del certamen Vallecas Calle del Libro 2022
Foto Pixabay

Reencuentros


 
Desde el primer momento sentí que algo nos unía a pesar de tener tan poco en común. Sin otro afán que el de no precipitarme, me tomaba el tiempo con sosiego, consumiendo sin apremio cada hora y añorando impenitente tu regreso. Tú en cambio, víctima de la impaciencia e incapaz de detenerte por un sentido del deber que te impedía el reposo, me hiciste asumir que no podría seguirte, que tu vocación por la prisa era incompatible con la calma a la que yo me aferraba. Con total resignación, nos conformamos con los dulces instantes compartidos antes de tener que separarnos de nuevo. Alegre y triste el reencuentro con sabor a despedida, vivimos el sinvivir de los amantes fugaces con apoyo en la certeza de volver siempre al abrazo. Y ahora, roto el corazón de nuestro común latido, somos las dos manecillas que tanto se echan de menos paradas en las nueve y cuarto de la esfera del reloj.

Escrito para esta noche te cuento

(Foto Pixabay)

Nueva vida

    Desde la ventana miraban ilusionados aquel barrio en el que nadie los conocía. Dejaban atrás un pasado conflictivo y empezaban una nueva vida como personas rehabilitadas. El piso al que acababan de mudarse les encantaba. Era amplio, luminoso, orientado al sur y muy bien situado. Tenía cerca, además, una guardería y un colegio, lo que para ellos era una ventaja añadida ahora que esperaban su primer hijo y aspiraban con el tiempo a tener el segundo. Contaban con tres dormitorios, aunque de momento sólo podrían disponer de dos hasta que se les ocurriera qué hacer con el propietario que tenían amordazado en el tercero.

(Foto Pixabay)

Caídos del cielo

Fue una mañana de domingo. Por un desconocido fenómeno cósmico, una lluvia de ángeles se desencadenó sobre la ciudad. Algunos eran rubitos y lechosos como gustaban a Murillo, otros morenitos y tiernos al estilo Machín, todos con alas que ya no volaban pero que les sirvieron para planear, evitando así estamparse contra el suelo.

    La población conmovida ante la divina inocencia de tan hermosas criaturas, no tardó en movilizarse y pronto todos encontraron un hogar. Adoptados como hijos fueron recibiendo una esmerada educación en valores y buenos modales y paralelamente, por el mero contacto con los mortales, un completo máster en hipocresía, odio, envidia, egoísmo y demás componentes de la más genuina maldad.

    Alcanzada la adolescencia, aquellos niños que llenaron de candor la ciudad desaparecieron de forma tan súbita como llegaron.  Dicen que alguien los vio adentrarse en la gruta conocida como “Boca del Infierno” y que desde lo más profundo de la misma llegaron los ecos de su fiesta de graduación como ángeles caídos.


Publicado en estanochetecuento.com

(Foto pixabay.com)

Nieves

Nieves, que fue la chica más guapa del instituto, acabó convirtiéndose en el pibón del barrio. Era alta y rubia como las nórdicas y había quien afirmaba que tenía un cierto aire esquimal y por eso era tan fría. Porque a fría no le ganaba nadie. Puede que la cosa le viniera de familia, pensábamos, dado que sus padres eran dueños del principal comercio de congelados de la zona y de hecho ella, quizás por pura vocación, al terminar la secundaria se hizo cargo gustosa del negocio familiar. Volcada en él, despachaba su gélida mercancía y enfriaba las aspiraciones de cuantos pretendientes allí se le acercaban.  Se comentaba que no quería complicarse la vida, que iba de su casa al trabajo y que guardaba el corazón en alguna de sus neveras. 

Es probable que la culpa la tuviera el temporal que aquella mañana cubrió de blanco la ciudad, lo cierto es que cuando Candela, desafiando al mal tiempo y buscando filetes de merluza, apareció por primera vez frente al mostrador de Nieves,  ambas se miraron a los ojos y una aurora boreal pareció iluminarlas justo en el momento en que saltaba el cuadro eléctrico del local.


Publicado en estanochetecuento.com, un microrrelato inspirado en el frío. (Seleccionado para formar parte del libro recopilatorio anual)

(Foto Freepik)

Rescate

 

Dijo ser la esposa del desconocido que yacía en la acera completamente borracho y algunos transeúntes la ayudaron a meterlo en el coche. Ya en casa, le arrastró como pudo desde el garaje hasta la cama y le dejó dormir. Al día siguiente, cuando despertó, en lugar de una retahíla de reproches, el hombre se encontró un café humeante, una pastilla para la resaca y un apetecible almuerzo. Agradecido, tras el afeitado y la ducha, hizo con ella el amor. Desde entonces son felices. Él no ha vuelto a beber ni su verdadera esposa se ha molestado en buscarle.


Relato finalista en el IX Certamen de microrrelato 'Realidad Ilusoria'

(Foto Freepik)

Si hay algo a lo que deberíamos temerle es a que nuestros deseos se cumplan

Odiaba la Navidad como sólo puede hacerlo un tipo taciturno y poco sociable. Las luces, los villancicos y las celebraciones propias de esas fechas le sacaban tanto de quicio que si hubiera estado a su alcance el botón para hacer estallar la bomba nuclear que destruyera el mundo, no habría dudado en pulsarlo. 
El veinticinco de diciembre le despertó una luz grisácea agarrada a los visillo. Al asomarse pudo contemplar sin dar crédito, un paisaje urbano desolador, con edificios derrumbados y árboles aún erguidos en su chamuscada desnudez. Horrorizado se tiró a la calle buscando una respuesta y sobre todo alguien a quien poder preguntar. Ni un alma, sólo cuerpos carbonizados. Y en su errático desconcierto llegó al lugar donde antes se alzaba el centro comercial. En medio de aquella ruina vio algo moverse bajo los escombros. Corrió hasta allí y destrozándose las manos empezó a apartar los cascotes que cubrían ese único indicio de vida. Por fin, bajo unos trozos de placas de lo que fuera el techo, descubrió a un Papá Noel mecánico que, como una burla y sin dejar de contorsionarse, proclamó con voz metálica “Jou, jou, jou. Feliz Navidad”


Foto Pixabay

Olvidarla


Ella prefirió marcharse sin dejarme más opción que el olvido. Convencido de que la necesidad de arrancármela de la memoria iba a ser mi mejor impulso, me apunté a la San Silvestre sin otro ánimo que el de competir contra mí mismo. Cuando tomé la salida tenía tanta hambre de distancia que fui dejando atrás a los demás corredores. Ni siquiera la meta fue capaz de detenerme y deseoso de calmar mi zozobra, seguí corriendo sin descanso. Pasado un año me vieron reaparecer exhausto por el Paseo de San Antonio dando alcance a los participantes de la siguiente edición. A pesar de mi barba de náufrago y de estar casi en los huesos, conservaba indeleble, tatuado muy cerca del corazón, el nombre de la mujer de cuyo recuerdo aún no había conseguido desprenderme.


Foto Freepik

Ventana (Encajes)


El oficio de limpiacristales en una ciudad tan vertical como Nueva York tiene sus peligros, pero cuando se convierte en una rutina, carece de emoción. Suspendido en el aire por un arnés y con un cubo adosado, recorres las ventanas de los rascacielos descubriendo a través de ellas el impersonal ajetreo de las oficinas o la fútil cotidianidad de los habitantes de la gran urbe. Quizás porque no hay nada que predisponga más al amor platónico que el aburrimiento, me quedé inevitablemente colgado de una mujer que ocupaba un lujoso apartamento en el piso 68 de un edificio de la Quinta Avenida. Ella, que desde el primer momento descubrió que la observaba, lejos de sentirse turbada o de afearme la impertinente intromisión, aprovechaba la oportunidad para pasearse complacida en sofisticada ropa interior por todo el espacio al que alcanzaba mi vista, haciéndome sentir un mortal que elevado a las alturas con mono de trabajo descubre los encantos de un ángel de Victoria Secret. Y tras los recorridos de pasarela tocaba la escena culminante. Recostada en el sofá, en un ejercicio de autocomplacencia, acariciaba sus formas de diosa del encaje y la blonda hasta alcanzar un espasmódico éxtasis que venía a coincidir con el desbordamiento de la espuma de mi cubo, agitado en perfecta sincronía con su progresiva excitación.

Semejante juego se prolongó durante no pocas semanas, hasta que un día, rompiendo todas las pautas por ella misma marcadas, quiso comunicarse conmigo a través del cristal y utilizando su iPad, me mostró inexpresiva una texto. Me citaba esa misma noche en la terraza del 230 Fith de la Quinta Avenida esquina a la Calle 37, donde había reservado una mesa a su nombre que hasta ese momento yo desconocía. Naturalmente acudí, lo mejor vestido que pude, a ese encuentro que resultó de pocas palabras tal y como cabría esperarse de dos personas que se sientan frente a frente sin tener nada en común. No importó demasiado. Terminamos la velada en su apartamento donde por primera vez entre nosotros pusimos en juego todos los sentidos. 

A partir de aquello cambiamos la forma de relacionarnos y la empresa, a petición propia, me destinó a otro edificio. Como amante a domicilio empecé a visitarla con la regularidad que ella fijaba, siendo consciente de no ser más que un entretenimiento dentro de su vida llena de lujos y carente de ilusiones. Pero algo pasaba para que no acabásemos de funcionar con la intensidad con que lo hacíamos cuando éramos unos desconocidos que se encontraban a través de una ventana. Por eso yo, temeroso de convertirme demasiado pronto en su juguete roto , tomé por una vez la iniciativa y superando mis complejos de hombre doblegado a sus caprichos, la invité a mi modesto semisótano cerca de Brooklyn. Una vez allí, sin ni siquiera hacer la intención de atraparnos en algo parecido a un abrazo, le pedí que se situara al otro lado de la puerta acristalada que separa el cuarto de estar de la minúscula cocina. No hizo falta explicarle nada. Separados por esa barrera, le di tiempo antes de asomarme y cuando lo hice, la vi luciendo un espléndido conjunto de ropa interior, para mi sorpresa, no del color negro al que me tenía acostumbrado, sino de un delicioso rosa palo, lo que solo cabía interpretarse como una sutil declaración de amor. Y mientras, abstraídos de todo lo demás, recuperábamos gozosos nuestra particular manera de ser el uno para el otro, la noche se instalaba en Nueva York y sus miles de ventanas, poco a poco, empezaban a encenderse.


(Incluido en el libro  "Veníamos de la nada IV" que recoge los 50 mejores relatos presentados al IV Premio de Reato Corto  Café Español 2021)

Foto: Visualhunt

Encadenados


 


 
Arturo mañana no trabaja. Él, que quiso ser un gran chef y tener su propio restaurante con estrella Michelín, lleva años en el mismo bar sirviendo bocadillos de calamares y aguantando a un tipo que por ser el dueño se cree con derecho a escupirle diariamente su constante malhumor. Arturo está casado con Marta, una mujer que estudió Interiorismo y terminó atrapada en un piso de cincuenta metros soportando a un marido que huele a fritanga y está acostumbrado a lanzar contra ella su enojo de perdedor. Ambos tienen un hijo, al que llaman Javi, cuyo sueño es pilotar motos lejos de esa guerra que es su casa y aunque se siente hostigado por una madre siempre irritada, se alegra de haber dado con Eladio, un compañero de clase gordito y con gafas con el que puede descargar su rabia empujándole a los charcos y pateándole como a un balón. Así ha conseguido que el pobre Eladio se odie tanto a sí mismo, que haya decidido dejarse caer como una lágrima desde la azotea de su edificio. Por eso Arturo mañana no servirá bocadillos. El bar permanecerá cerrado para que su dueño pueda llorar a Eladio, su hijo menor.

Publicado en estanochetecuento.com

Relato seleccionado en la convocatoria sobre la ira/el enfado de estanochetecuento.com para ser incluido en el libro recopilatorio 2021.

Foto Pixabay

Domingo en el lago

Caminó por la alameda procurando no llamar la atención o, por lo menos, intentando no parecer ella misma. Su inusual y desenfadado atuendo, su pamela de paja aleteando al paso de unas sandalias con cuñas de esparto, las grandes gafas de sol, el liviano vestido y el bolso de rafia junto con la sombrilla plegada en su funda y colgada a la espalda, le daba un aspecto tan ajeno a sí misma que habría sido difícil reconocerla en su recorrido hasta del utilitario que había alquilado la tarde anterior y en cuyo maletero introdujo sus complementos playeros antes de arrancar. 


Desde que el sol del verano empezara a dibujar su arco en el cielo del domingo, la playa del lago se había ido cubriendo de sombrillas hasta parecer un pintoresco sembrado de polícromos girasoles. Según cuentan algunos testigos, la chica de la pamela llegó al filo del mediodía y aunque todo el mundo parecía haberse ya ubicado apurando al máximo el espacio disponible, supo arreglárselas para encontrar un hueco donde desplegar su sombrilla de rayas. Al hacerlo, casi invade el área redonda marcada por aquella otra de círculos concéntricos bajo la que un hombre joven con gafas oscuras, bañador y camiseta leía el periódico sentado en una silla plegable.

Una vez situada, la recién llegada redujo como pudo su sombrero para introducirlo entre las varillas del parasol y a continuación se despojó del vestido para quedarse en bañador, luciendo así un cuerpo armonioso y de piel muy blanca. Acto seguido, tras recoger en un moño su media melena rubia, empezó a aplicarse con meticulosidad una crema solar de máximo factor de protección. Mientras lo hacía, parecía mirar disimuladamente el titular de la noticia destacada en la portada del diario que sostenía abierto su ocasional vecino. De nuevo se hablaba del asesino en serie que tenía atemorizada a la región, un misterioso individuo que elegía siempre como víctimas, eso era ya sabido, a mujeres jóvenes que atendían al más clásico estereotipo de las nórdicas. La primicia añadida era que, a pesar del hermetismo con el que la inspectora Söderström, tan poco dada a aparecer en la prensa, y su equipo, llevaban la investigación, se había filtrado la noticia de que se seguía la pista a un sospechoso, aunque, al ser un sujeto metódico y sagaz, estaba siendo muy complicado conseguir pruebas lo suficientemente sólidas y determinantes como para proceder a su detención.

─¿Quieres el periódico?  ─Le preguntó el joven al notar que ella inclinaba ligeramente la cabeza interesada en aquella portada - Yo ya lo he leído.

─No gracias. Prefiero pasar el día aquí en el lago y olvidarme de los problemas del mundo.

Así fue como, según afirman los testigos, empezaron a charlar.  Ella parecía agradable y él se mostró cordial. Sin duda se cayeron bien e incluso rieron juntos cuando ya el sol hacía un buen rato que, alcanzado el cenit, había iniciado su imperceptible descenso, marcando las primeras horas de la tarde. Era buen momento, aseguran que comentaron entre ellos, para ir a tomar algo y qué mejor que acercarse al restaurante del embarcadero, dejando sus sombrillas marcando el territorio conquistado.


Las horas siguientes son cruciales para aclarar lo que pasó. Es preciso averiguar si llegaron al restaurante, si cambiaron de planes o si después de pagar lo que pudieran haber consumido emprendieron ruta en una dirección distinta a la del punto de partida. Lo cierto es que la playa poco a poco se fue vaciando de gente y mientras el sol continuaba su descenso hasta empezar a pintar colores anaranjados en el horizonte, una brisa fresca fue sustituyendo al calor de la tarde. Quedó entonces, en el arenal ya desierto, una silla vacía bajo una sombrilla solitaria cuyos círculos concéntricos evocaban una peculiar diana y en la profundidad del lago, antes de que los gases de la descomposición actuaran para devolverlo a la superficie, el cadáver de un hombre yaciendo en decúbito ventral.


Relato finalista en el VIII Premio Literario de cuentos “Madrid SKY” 2021 (Me he permitido hacerle alguna leve modificación)

Foto Pixabay

Hermanas

Aunque dicen que al nacer éramos idénticas, mi hermana no tardó en convertirse en la preferida de mis padres. Desde muy pronto se empeñó en destacar. Con apenas un año ya hablaba correctamente, a los tres manejaba el cálculo y a los cinco, tocaba el piano con increíble destreza. Yo, en cambio, por más que me esforzaba, no conseguía ser más que una niña normal y triste, que crecía eclipsada por ella.

    Aquel día en que los médicos no pudieron salvarla pensé que por fin mis padres empezarían a prestarme más atención. Me equivoqué. Ellos han seguido tan apegados a su niña prodigiosa que la mantienen a toda costa presente. Ocupado por los recuerdos, su cuarto permanece intacto, conserva su sitio en la mesa y su plato en el mantel y hasta los largos silencios de nuestras tardes se llenan con las dulces habaneras que nos dejaron sus manos musicales. Yo, en cambio, deambulo por la casa más ignorada que nunca gracias a ella que, siempre empeñada en anularme, ha conseguido que todos crean que fui yo la que en realidad murió en lo que convinieron en calificar como desgraciado accidente.

Publicado en estanochetecuento.com
Foto: Pixabay

Feliz Año Nuevo


C
uando se encontró aquella carta, cuidadosamente doblada sobre la mesa del comedor, prefirió no abrirla. Aunque era lo último que hubiera esperado, ya se temía lo que iba a leer en ella. Recordó que él, siempre tan cuidadoso en las formas, decía que es poco elegante terminar una relación por WhatsApp. 
    Tras varios días resistiéndose a aceptarlo, reunió el valor suficiente y sin ni siquiera leerlo, rompió aquel folio en dos, en cuatro, en ocho trozos. Así hasta convertir aquel texto contaminado de traición en un montón de palabras rotas, en desengaño hecho trizas. Luego, descorchó la botella reservada para la ocasión que, festiva, dejó escapar su impaciente bocanada de espuma y llenó una copa que no pensaba beberse para elevarla en un brindis solitario mientras lanzaba, por encima de su cabeza, los minúsculos trocitos de papel. Acariciándose el vientre bajo la breve lluvia de confeti, se deseó a sí misma, en ese día de septiembre, un feliz Año Nuevo.

Publicado en estanochetecuento.com
Imagen: Pixabay

Depravado

Le había vuelto a pillar. Esta vez intencionadamente. Se levantó de la cama sin hacer ruido y se acercó sigilosa como una felina dispuesta a cazar a su presa. Sentado frente al ordenador y de espaldas a la puerta no resultaba difícil sorprenderle mirando otra vez las dichosas fotos, con la mano derecha agarrando el ratón y la izquierda ocupada en lo que por el movimiento rítmico del brazo era fácil deducir. Sintiéndose humillada le llamó baboso, depravado y no reparó incluso en decirle que le repugnaba estar casada con un tipo así. Él, avergonzado, le pidió perdón y le prometió que borraría para siempre esas fotos íntimas en las que ella, provocativa y exuberante, posaba para él treinta años atrás.


Publicado en ENTC

Foto: Pixabay

Una dama elegante

 

La recogí en la parada del aeropuerto. Antes incluso de indicarme la dirección del hotel al que debía llevarla, creí descubrir a través del retrovisor una verdad en sus ojos que su charla fluida confirmó durante el trayecto. Volvía para afrontar algo que muchos años atrás dejó pendiente. Bajo su aspecto de dama elegante supe reconocer al hombre que fue y posiblemente nunca se sintió. El destino al que la conduje fue distinto al esperado. Detuve el taxi ante el lugar donde ella descansa entre cipreses. Allí podría restañar la herida de silencio que dejó abierta y explicarle a la mujer que siempre le amó incondicionalmente, por qué nos abandonó.

Humedades


En muchas paradas podía verse el mismo anuncio. Se promocionaba una línea de ropa interior masculina utilizando la imagen de un modelo que, encuadrado de cuello a rodillas, lucía las prendas con apolínea prestancia. La marquesina de nuestro barrio no se libró de esa campaña ni de las críticas de ciertas damas asiduas a la parroquia. Alguna incluso tuvo que acudir al confesionario a declararse culpable por sucumbir a pensamientos impuros, haciendo que el cura, al impartir la absolución, mirara las humedades del techo y diera gracias a Dios por haberle dado ese cuerpo generoso que iba a ayudarle a pagar el tejado de la iglesia.


Microrrelato finalista de marzo 2021 en el concurso de la Microbiblioteca de Barberá del Vallés.

Foto: Istockphoto.com

Amante

 

Todas las noches su marido, después de cenar, se fusionaba con el sofá formando un cuerpo único que a los pocos minutos empezaba a roncar frente al televisor. Era entonces cuando ella encontraba su momento. Sacaba la libreta del cajón de los manteles y le escribía una carta a su amante imaginario, al que llamaba Luis. Le contaba cómo le había ido el día, sus pequeños conflictos domésticos, sus reflexiones y todas esas cosas que necesitaba compartir con alguien. Para terminar, firmaba con un corazón y rompía la carta en trocitos pequeños que escondía entre la basura. Quedaba para ella ese ejercicio de desahogo que tanto la ayudaba a reconstruir, en la medida de lo posible, las ruinas de mujer que llevaba dentro.

Asombrosamente, una mañana, mientras fregaba la taza del desayuno, se presentó Luis en la cocina sin previo aviso. Venía a proponerle que huyeran juntos para iniciar una nueva vida lejos del aburrimiento y la tristeza. Ella, sorprendida primero y halagada después, no tuvo más remedio que rechazarle. Tenía los garbanzos en remojo, la lavadora en marcha y una edad como para no volver a creer en promesas de felicidad.


Relato seleccionado en la convocatoria sobre tristeza/nostalgia de estanochetecuento.com para ser incluido en el libro recopilatorio que se edita anualmente.

Imagen: Acuarela de Paloma Casado

Caligrafía

 

Trataba de parecer torpe, lento, inseguro. Sujetaba el lápiz con fuerza y fingía no saber dibujar con soltura las letras en su cuaderno de caligrafía. De vez en cuando el maestro, que se paseaba entre las mesas vigilando el trabajo de los niños, pasaba por su lado. Era entonces cuando él resoplaba aparentando impotencia y conseguía que D. Luis se le arrimase y agarrando su pequeña mano, le ayudase a marcar los perfiles en su plana de minúsculas, con la presión adecuada y la inclinación correcta. Le resultaba agradable sentir el tacto cálido y húmedo de su mano grande y diestra. Pero lo que más le gustaba era ese olor que le dejaba y que tanto le recordaba al olor de la que, además de tutora de los de tercero en el mismo colegio, era su madre.

Foto Freepik

Plenitud

    La mañana era luminosa y aquel paisaje lucía a todo color. El verde claro de la pradera se oscurecía en la copa de los árboles que ascendían por las laderas hasta acariciar la azul inmensidad del cielo. Abajo, el pequeño río se deslizaba por el valle pintando reflejos solares y trayendo desde las lejanas cumbres el cristalino frescor del deshielo. La primavera llenaba de vida todo cuanto alcanzaban a ver y ellos dos, cogidos de la mano, se sintieron tan contagiados de aquella plenitud que en un gesto simultáneo intentaron fundirse en un beso. El golpe seco de las carcasas de sus gafas de realidad virtual les hizo recordar que aquel mundo fascinante dejó de existir hacía mucho tiempo. Manteniendo el deseo y la intención de unir sus labios, se despojaron mutuamente de aquellos artilugios y regresaron al gris presente. Al otro lado de la ventana, la ciudad sobrevivía a duras penas envuelta en su niebla tóxica, mientras los transeúntes caminaban hacia un futuro incierto con sus rostros ocultos tras las máscaras antigás. 


Relato distinguido con una mención en la convocatoria de estanochetecuento.com dedicada a "escenario y paisajes"

Foto: Pixabay

Primer día

 

     Vestido con su traje nuevo, se mira en el espejo para acabar de colocarse el nudo de la corbata. Antes de salir, su madre, emocionada, da un último beso al joven ingeniero y le desea mucha suerte en su primer día de trabajo. En el tren de cercanías coincide con personas a las que, piensa, durante años seguirá viendo a diario en ese mismo trayecto. Ya al caer la tarde llega al moderno edificio en el que reza el nombre de la prestigiosa multinacional. Allí, en el sótano, se presenta al encargado que ha de asignarle su carrito de limpieza.

Primer finalista en el VIII Certamen de microrrelato 'Realidad ilusoria'

Foto: Pixabay

Nuestro árbol

 

    Aquel año de la pandemia, cuando ya la Navidad, a pesar de todo, empezaba a anticiparse en las luces de las calles y los anuncios de la televisión, papá dejó de volver. Esta vez no se despidió con uno de sus portazos. Simplemente la mañana amaneció sin su regreso y ese mismo día mamá, convencida de que esa ausencia iba a ser definitiva, en lugar de apenarse, trasplantó un abeto en el jardín y decidió que por primera vez celebraríamos las fiestas como lo hace la gente feliz. 

Cuando pasado el día de Reyes hubo que desmontar los brillos con los que lo adornamos, el árbol quedó allí, tan a gusto entre nosotros, agarrado a la vida que la tierra le daba. Tanto ese año, en el que felizmente empezamos a vencer al tiempo de las mascarillas, los encierros y las distancias prudenciales, como los años que vinieron después, él siguió creciendo y formando parte de nuestra familia, cada vez más robusto y protector, regalándonos su dulce sombra y acogiendo generoso el trinar de los pájaros.

       Fue otra Navidad cuando mamá, ya herida de muerte por la enfermedad que la vencería, nos confesó el secreto que ocultaba nuestro abeto en sus raíces. Entendí entonces por qué tantas veces, cuando al atardecer se proyectaba su alargada sombra sobre la tapia del jardín, me parecía ver en ella la siniestra silueta de nuestro padre que, lejos ya de dar miedo, parecía suplicar el perdón que nosotros nunca le concedimos.


Foto: Pixabay

Normalvidad

 


Aquella Navidad en que a causa del virus que vino de oriente hubo que prohibir la normalidad y con ella los grandes encuentros entre los que no comparten un mismo hogar, él, todavía desubicado tras su reciente divorcio, se vio forzado a pasar la Nochebuena solo, pero con ánimo de no sentirse un marginado, quiso organizar su propia celebración como si nada en el mundo ni en su vida hubiera pasado durante ese año de mierda que estaba a punto de terminar. 

     El pedido lo había hecho por internet con antelación suficiente para que el paquete llegara a tiempo. Hacía varios días que lo había recibido y un par de horas antes de que el rey se asomara a los televisores a dar su discurso, abrió la caja y empezó el montaje. Desplegó el decorado. Un espléndido comedor con lámpara de araña suspendida sobre una mesa alargada cubierta con mantel de hilo bordado y sobre él, vajilla de porcelana y copas de la más delicada cristalería. Además del sofisticado menú, la familia venía también incluida. Una esposa, dos hijos instalados en la adolescencia, tres cuñados con sus respectivas, un allegado que no se sabía muy bien por parte de quien venía y una abuela arrugadita de esas que comen de todo y nada le sienta mal. Eso sin contar los imprescindibles niños, que como no se estaban quietos, no resultaba fácil precisar exactamente cuántos eran ni de quien.  Y como el pack contratado recreaba una escena prepandémica, se conseguía con él un espacio felizmente libre de mascarillas.

     Delante de aquel panorama, una vez colocado todo en su orden, se sintió bien. Ya no era un hombre digno de lástima que pasa una noche tan señalada en soledad. Pero sólo se consideró plenamente reincorporado a esa normalidad que él había perdido por partida doble cuando comentó para sí mismo, en ese tono resignado tan propio de estas ocasiones, aquello de: “si por mi hubiera sido, habría cenado cualquier cosa y me habría ido a dormir a la hora de siempre”


Foto Pixabay

Vencedor absoluto

   


Correr es una manera de alejarse, pero también un anhelo por llegar. Un buen corredor necesita esa doble motivación. Yo la tenía. Quería dejar atrás mi papel de perdedor y necesitaba ganar la San Silvestre para demostrarle a ella lo mucho que me importaba. Tomar la salida fue decidir abandonar la autocompasión con el afán de alcanzar la gloria a su lado. Conforme aceleraba me aligeraba de lastre. Me despojé del dorsal, luego de la camiseta, del pantalón, hasta de las zapatillas. Cuando ya no me quedaba nada encima empecé a desprenderme de partes de mí mismo, sin importarme que fueran pisoteadas por la multitud de corredores que iba dejando atrás. Rebasé la meta como vencedor absoluto con lo único que me quedaba y aunque fui descalificado por no ser más que un corazón desnudo, me sentí triunfador al conseguir que ella, conmovida, compartiera la emoción de su latido.


Relato distinguido con una mención en el VIII Concurso de Microrrelatos "San Silvestre Salmantina".

Imagen pixabay


 

Pueblo blanco

Cuando los hombres marchaban a trabajar, las mujeres se quedaban cuidando de la casa y encalando sus fachadas, siempre luminosas. Al final de la jornada, los hombres regresaban agotados, besaban a sus hijos y cenaban sopa caliente. 
    Todo cambió cuando en el colmado se vendió el gordo de Navidad. Ellos dejaron de madrugar e hicieron de la taberna su cuartel general, mientras ellas seguían a cargo del hogar y del fulgor de sus fachadas. 
            El día que los maridos decidieron permitirse una escapada al club de carretera, no encontraron el pueblo al regresar. Las mujeres lo habían pintado de negro y así lo mantendrían hasta que las cosas empezaran a cambiar.


Foto: Pinterest.com

Amador


Cuando nos casamos ella trajo a Amador a vivir con nosotros. Yo, que siempre había sido un solitario y un tiquismiquis, no concebía compartir mi casa con un animal que va soltando pelos y ensuciándolo todo, pero como ella y su gato eran inseparables, y aun sabiendo que él y yo no hacíamos buenas migas, no tuve más remedio que aceptarlo.

Ahora, que ella ha decidido marcharse con un hombre más joven y al que los gatos le provocan estornudos, Amador y yo nos miramos y unidos en la desazón, parece que nos decimos mutuamente que nunca estás del todo solo si tienes alguien a quien le importas.


(Foto: Mister Rubio)

Presencia

Teniendo aún muy pocos años, cada vez que un mal sueño me despertaba, descubría junto a mi cama a un hombre vestido de gris que me miraba fijamente. Aterrado por su aspecto siniestro y su intención opaca, gritaba y mis padres acudían a calmarme, sin ser capaces de verle. Después de repetirse varias noches el mismo incidente, opté por esconderme bajo el embozo cada vez que aparecía e imaginar historias fantásticas que me ayudaban a huir hasta quedarme dormido.

      Pasaron los años y aquel tipo siguió presentándose en la oscuridad de mis madrugadas. Yo acabé acostumbrándome a su presencia mientras soñaba con ser escritor y contar las aventuras que para evadirme inventaba. Puse empeño en ello y envié manuscritos a cuantas editoriales pude. Nadie quiso editar mis textos ni jamás alcancé a ganar el más insignificante premio literario.   

    Aquel verano en que, resignado, decidí opositar para el Ayuntamiento, descubrí por fin quien era él. Lo vi reflejado en el escaparate de la librería, -una de tantas a las que nunca llegarían mis libros-, a la que acudí para comprar el temario. Lo reconocí en mi imagen de hombre cargado de sueños quemados. En el vivo retrato del fracaso.


(Relato distinguido con un accesit en el concurso "Las librerías son para el verano". Octubre 2020)

Foto Pixabay

Sueño de amor

 Cuando vinieron a vivir al chalé pareado contiguo al mío, me pareció que formaban una pareja imposible. Él calvo, esférico, cetrino y tosco. Ella alta, delgada, de piel blanquísima y grácil como una bailarina rusa. Era fácil deducir que el piano que al mudarse trajeron, estaba hecho para la caricia armoniosa de sus manos. En ellas pensaba cada día mientras extasiaba mi soledad con las piezas musicales que, junto a la luz del ocaso, se colaban en mi salón. Cuanto más me enamoraba de aquella mujer, menos comprendía qué la llevaba a vivir con un tipo tan vulgar.

      
Una tarde, cercana ya la hora del acostumbrado recital, me atreví por fin a abordarla. Regresaba del paseo con su perrito e iniciamos una amable conversación. Le hablé de mis habilidades como quiromante y la convencí para pasar a mi casa a tomar un té. Ya con sus manos adorables en las mías de pretendido adivino, no fue lo que vi lo que provocó mi desconcierto. Atravesando la pared, con la perfección acostumbrada, empezaron a envolvernos las delicadas notas del  Sueño de amor de Liszt.


 Escrito para la convocatoria de estanochetecuento.com (un relato con un máximo de 200 palabras en el que esté implicada la música)

Foto: Freepik

Resistencia

 


A la vieja estación hace mucho que dejaron de llegar trenes de regreso. En el andén de las despedidas, la abuela fue abrazando uno a uno a los hijos paridos para verlos marchar en busca del futuro que se les escapó muy lejos. Cuando las casas del pueblo se hicieron ruina de adobe y piedra, el silencio de los muertos se adueñó de los campos que ya nadie iba a sembrar. En la soledad de su resistencia, la abuela siguió estoica, con sus raíces hundidas en el árido suelo, digna como el roble que se yergue en la plaza empedrada y en cuyas ramas los pájaros imitan la algarabía de los chiquillos que ya no juegan allí. No hubo día en todos estos años que no soñara con el regreso de los suyos, con el retorno de la vida a aquel territorio vacío. Y hoy por fin, siguiendo el cordón indestructible que nos conecta al origen, todos han querido estar de nuevo con ella, para acompañarla por el camino de los cipreses hasta el trozo de la tierra amada que, cumpliendo su último deseo, le dará el abrazo de la eternidad. 


Relato finalista en el IX Concurso de Microrrelatos "El Roblón"